A veces se oye que en ciertas regiones falta talento futbolístico. No es eso lo que ocurre realmente. Lo que falta es algo más discreto: la motricidad. La capacidad de organizar el cuerpo en el espacio, de encadenar gestos distintos, de reaccionar rápido a una señal — y dentro de ello, la coordinación, esa manera de hacer trabajar juntas varias partes del cuerpo en el momento justo. Se construye pronto, o se construye mal.
Esa constatación, afinada temporada tras temporada, está en el origen del programa Goal & Player de la Academia Aureak. Un programa pensado para niños de 7 a 9 años: no para convertirlos en porteros antes de tiempo, sino para construir las bases de un buen deportista, sea cual sea el camino que elijan después.
Los especialistas en desarrollo deportivo coinciden en un punto: antes de los 12 o 13 años, especializarse en un solo deporte, un solo puesto, un solo tipo de gesto es contraproducente. No porque no haya nada que aprender, sino porque el cuerpo todavía está construyendo sus referencias fundamentales. Y esas referencias no se recuperan fácilmente más tarde.
Cada deporte aporta un bagaje distinto. El baloncesto desarrolla el uso de ambas manos, los saltos, la visión espacial a la altura de la persona. La gimnasia trabaja el equilibrio y la conciencia corporal en posiciones que muy pocas disciplinas más abordan. El judo y el kárate enseñan a gestionar el impacto y a entender la caída. El voleibol y el tenis construyen una coordinación ojo-mano a alta velocidad sobre trayectorias aéreas.
El fútbol, en sentido estricto, es esencialmente los pies. Hay muy pocos deportes cuya herramienta principal sea el pie. Y ahí es precisamente donde entra el portero: porque él usa las manos. Se estira, rueda, salta, lee trayectorias. Es, dentro del fútbol, el único jugador que realmente se acerca a los gestos de otros deportes.
Cuando un niño aprende a blocar un balón alto, no trabaja solo un gesto de fútbol. Desarrolla la motricidad fina de manos y dedos, la coordinación ojo-mano, la gestión de un impacto sobre las falanges. Aprende a no retroceder ante algo que llega rápido. Gana confianza en sus propias reacciones, y eso perdura.
Cuando se estira, aprende a gestionar la caída, exactamente como en judo. Cómo orientar el cuerpo, cómo rodar para no hacerse daño, cómo aceptar el contacto con el suelo sin pánico. Una vez que un niño ha entendido eso con su cuerpo, ya no lo olvida.
Los desplazamientos del portero — pasos laterales, pasos cruzados, carreras hacia delante y hacia atrás — son ejercicios de coordinación pura. La visión periférica que desarrolla al leer a la vez el balón, la carrera del atacante y la profundidad a su espalda es una cualidad que se transfiere con facilidad a otros deportes. El tenis, por ejemplo: si se sustituye la línea de fondo por una línea de gol, las similitudes de desplazamiento, de lectura de trayectoria y de timing son llamativas.
Hacia el voleibol, el balonmano o el baloncesto, el vínculo es directo. Un portero bien formado posee fundamentos que le permiten adaptarse a esos deportes mucho más rápido que un jugador de campo. Y a la inversa también: un niño que ha jugado al baloncesto tendrá manos más seguras y leerá mejor el espacio cuando empiece a defender la portería.
A partir de estas constataciones se estructuró el programa Goal & Player. La idea de base es sencilla: los niños vienen al fútbol para hacer fútbol. No lo olvidamos. Pero dentro de ese universo les ofrecemos la variedad de gestos y movimientos que habrían encontrado practicando varios deportes a la vez.
Las sesiones están construidas como una sucesión de talleres. Hay volteretas, carreras con cambios de dirección, coordinación visual bajo restricción (un solo ojo, un color que identificar), gestos de voleibol integrados en una situación de portería, blocajes tras bote dentro de un juego de baloncesto. En un momento de la sesión, dos niños en competición reciben una señal, corren hacia un objetivo, hacen un blocaje y deben encestar. En una sola situación: una aceleración, un blocaje en desequilibrio, una lectura de trayectoria, un gesto de lanzamiento. No hace falta ningún discurso. El niño juega, y su cuerpo aprende.
La regla que me impongo en estos talleres: sea cual sea la actividad — baloncesto, tenis, tchoukball, voltereta — siempre debe haber una pequeña regla o un gesto que recuerde al fútbol y al puesto de portero. No para forzar, sino para que el niño siga en su universo. Ha venido a jugar al fútbol. Tiene que poder volver a casa pensando que ha hecho fútbol. Lo que además ha hecho es mucho más que eso.
Hay otro aspecto del Goal & Player que va más allá de la propia sesión. Cada ejercicio, cada gesto técnico existe también en forma de tarjeta: ilustrada, con el nombre del gesto, la consigna y el esquema del movimiento. El niño se lleva su tarjeta, se la enseña a un amigo, reproduce el ejercicio en su jardín.
No es un adorno. Es una respuesta a algo que observamos: los niños tienen cada vez menos tiempo libre sin supervisión. Esos momentos en los que, sin un adulto que organizara, tenían que inventar sus propios juegos y encontrar sus propias soluciones. Esa autonomía se construye. Se pierde si no se le deja sitio.
Las tarjetas crean un puente entre la sesión dirigida y el aprendizaje autónomo. El niño se convierte en el entrenador de su propia sesión: explica a su amigo cómo colocar las manos, corrige, transmite. Un niño de 8 o 9 años que explica un gesto a un compañero de su edad suele ser más claro que un adulto, porque encuentra exactamente las palabras que corresponden a lo que siente. Es pedagogía natural. Nosotros solo intentamos dejarle sitio.
En cada grupo del Goal & Player hay dos entrenadores. No es una comodidad: es una necesidad pedagógica. A los 7-9 años, la atención se fragmenta rápido. Los talleres se suceden con ritmo. Un solo entrenador no puede observar, corregir, animar y gestionar la logística de diez niños sin que algo se sacrifique.
La devolución es inmediata y precisa. No "bravo" ni "muy bien". Más bien: "no has metido los pulgares hacia dentro; mira, así". El niño escucha, ajusta, siente la diferencia. Esa relación entre la consigna y la sensación física que provoca es el corazón del aprendizaje. No se sustituye con un vídeo ni con una explicación teórica.
El Goal & Player es, en resumen, un programa que se toma en serio lo que la observación de campo dice desde hace años: un niño con buenas bases motrices, bien coordinado, que ha tocado gestos variados antes de los 12 años, progresará más rápido en cualquier disciplina después. Será mejor portero. Será mejor deportista. Y hay buenas probabilidades de que a los 25 siga con ganas de jugar, porque no habrá tenido tiempo de aburrirse.
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