En el fútbol formativo se oye con regularidad una afirmación: un joven portero no debe hacer trabajo específico. Nada de estiradas repetidas, ningún ejercicio propio del puesto. Que juegue como los demás. Esa postura merece examinarse en serio, porque contiene una parte de verdad y otra que se deja fuera algo importante.
Cuando llegué al primer equipo del Standard de Lieja con 18 años, ya había repetido ciertos ejercicios miles de veces. Las mismas estiradas, los mismos blocajes, las mismas secuencias desde la infancia. El gesto era limpio. Pero faltaba algo, y tardé en saber nombrarlo.
Es una fatiga mental, no física. Esa sensación, hacia los 24 o 25 años, de no tener ya ganas de entrenar. No porque estés lesionado o agotado, sino porque tienes la impresión de haber hecho ya todo eso. Miles de veces. Y de que la repetición, a esas alturas, ya no aporta gran cosa. El rival de un portero no siempre es el delantero que tiene enfrente. A veces es el hastío.
Es una de las razones por las que construí el método Aureak de otra manera. No para suprimir el trabajo específico, sino para evitar que un niño de 8 años acumule años de repetición mecánica que, diez o quince años después, se convertirán en una carga.
El problema del debate es que a menudo hablamos de dos cosas distintas sin darnos cuenta. Cuando algunos dicen "nada de específico", quieren decir: no encerrar a un niño en gestos técnicos repetidos sin descanso, fuera de contexto, sin sentido, sin disfrute. En eso estoy totalmente de acuerdo.
Pero cuando el razonamiento se lleva hasta "no des ninguna referencia técnica a un joven portero", se comete un error. ¿Cómo se aprende a estirarse sin lesionarse? ¿Cómo se colocan bien las manos detrás de un balón? ¿Cómo se absorbe el impacto de un disparo potente en los dedos sin retirarlos? Eso no se aprende por ósmosis. Sin referencias, el niño improvisa. Y corre el riesgo de improvisar malos hábitos, hábitos que costará caro corregir cinco años más tarde.
El gesto correcto no sirve solo para parar el balón. Protege el cuerpo. Permite disfrutar sin temer el dolor. Y sobre todo libera atención: un niño que no tiene que pensar en cómo colocar las manos puede pensar en dónde mirar, en cómo leer la situación. La técnica automatizada crea espacio mental para la decisión.
Lo que la discusión sobre lo "específico" suele omitir: el puesto de portero es en sí mismo un entorno de aprendizaje rico. Un niño que aprende a blocar un balón contra el pecho aprende a recibir un impacto y a controlarlo. Gana confianza en sus propias reacciones. Un niño que aprende a estirarse aprende, exactamente como en judo, a gestionar la caída, a orientar el cuerpo, a no temer al suelo.
Los desplazamientos del portero —pasos laterales, pasos cruzados, carreras hacia delante y hacia atrás desde una posición de base— son ejercicios de coordinación que no se parecen a nada más dentro del fútbol. La propia posición de base, el equilibrio sobre los apoyos, la apertura de las manos: todo ello desarrolla una conciencia corporal que muchos deportes no dan. Decir que "no se hace específico" no hace desaparecer esos aprendizajes. Solo los vuelve menos claros, menos guiados, menos seguros.
La distinción que establezco en Aureak es esta: la repetición mecánica de un gesto aislado, fuera de contexto, repetido cientos de veces sin variación ni sentido, no es una buena herramienta pedagógica. Ni para los jóvenes ni para los adultos. Pero un módulo de aprendizaje es otra cosa.
Un módulo es una secuencia en la que el niño descubre un gesto, entiende por qué se hace, lo practica en una situación con sentido, recibe una devolución precisa y puede reproducirlo en otro sitio: en casa, en el jardín, con un amigo. El gesto no está aislado: está inscrito en una situación que se parece a lo que el niño vivirá en un campo. Se puede practicar un gesto técnico en ese marco sin caer en la repetición mecánica. La diferencia está en la variación, el contexto y la intención.
Antes de los 10 años se pueden y se deben asentar las referencias fundamentales: posición de base, uso de ambas manos, gestión sencilla del impacto. No para convertirlos en especialistas, sino para que tengan una base sana y segura. El gesto correcto protege. Permite progresar sin hacerse daño y sin desarrollar compensaciones que frenarán más adelante.
Entre los 10 y los 13 años se puede ir más lejos: blocajes en situación real, las primeras salidas, duelos guiados. Siempre con sentido, siempre ligados al juego. El niño no es un adulto en miniatura al que se aplica el mismo protocolo que a un profesional.
A partir de los 13 años, la especialización progresiva cobra pleno sentido. El portero tiene ya bases motrices sólidas, conciencia de su cuerpo y comprensión de su puesto. Puede asumir un trabajo más denso, más orientado al rendimiento. La repetición se convierte entonces en una herramienta potente, porque se apoya en algo sólido y porque el portero entiende por qué lo hace.
Hay algo más que este debate suele dejar de lado: el papel del entrenador. Se pueden hacer horas de ejercicios en solitario y progresar despacio, de forma aleatoria, a veces fijando malos hábitos. Se pueden hacer menos horas con alguien que sabe mirar, corregir y explicar, y progresar mucho más rápido y en la buena dirección.
No es un argumento contra la autonomía. Es un argumento a favor de la claridad. Un niño que entiende por qué se colocan las manos de cierta manera puede reproducir ese gesto solo, explicárselo a un amigo, corregirlo en su jardín. El entrenador no sustituye el trabajo personal: le da una dirección.
Hacer trabajo específico es, por tanto, hacer algo intencionado. Ni mecánico, ni en volumen excesivo, ni desconectado del juego. Preciso, adaptado a la edad, correctamente supervisado, anclado en un sentido que el niño pueda captar. Esa es la verdadera pregunta sobre lo específico, bien planteada: no "sí o no", sino "cómo, cuándo y por qué".
À lire ensuite.
10 de abril de 2026
En diciembre de 2004, Sud Presse dedicaba una página entera a Jérémy De Vriendt, de 18 años, tercer portero del Standard. Vedran Runje, Christian Piot, D'Onofrio, Cédric Roussel: 22 años después, una mirada a esos rostros y a lo que aquel año cambió.
10 de abril de 2026
Una metodología creada por la Academia Aureak para enseñar a los jóvenes porteros la postura correcta en cada situación de juego.
09 de abril de 2026
Coordinación, motricidad global, multideporte dentro de un universo futbolístico: el método Goal & Player explicado desde dentro.